Fe
Sermón sobre la caída de Roma
San Agustín de Hipona · 410
Sermón pronunciado tras el saqueo de Roma por Alarico en 410, donde Agustín distingue entre la ciudad terrenal y la Ciudad de Dios.
Sermón sobre la caída de Roma
San Agustín de Hipona, 410
Roma ha sido asaltada. ¿Y qué? ¿Acaso los cristianos no sabían que esto podía suceder? ¿Acaso no les fue anunciado? Lo que es de la tierra, a la tierra vuelve. Lo que es perecedero, perece.
Hermanos, no os turbéis por la caída de Roma. Roma es una ciudad terrena, y toda ciudad terrena ha de caer. La única ciudad que no cae es la Ciudad de Dios, que no está edificada con piedras sino con almas.
Sobre las dos ciudades
Dos amores fundaron dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios fundó la ciudad terrena; el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo fundó la Ciudad celestial. La una se gloría en sí misma; la otra, en el Señor. La una busca la gloria de los hombres; la otra tiene por máxima gloria a Dios, testigo de su conciencia.
En la ciudad terrena, los príncipes y las naciones que someten están dominados por la pasión de dominar. En la Ciudad de Dios, se sirven mutuamente en la caridad: los que gobiernan, aconsejando; los que obedecen, cumpliendo.
La providencia en la destrucción
¿Creéis que Dios ha abandonado a Roma? No ha abandonado a Roma; ha castigado a Roma. Y el castigo de Dios es misericordia, porque el castigo llama a la conversión.
Los paganos dicen que Roma ha caído porque abandonó a sus dioses. Nosotros decimos que Roma ha caído porque no abrazó suficientemente al verdadero Dios. Los dioses de Roma eran demonios; y los demonios no protegen, destruyen.
A los que lloran por Roma
Si lloras por Roma, llora por tus pecados. Si lloras por las piedras caídas, llora por las almas caídas. ¿Qué importan los muros de una ciudad cuando las almas están en ruinas? Restaurad vuestras almas, y Dios restaurará vuestras ciudades.
No pongáis vuestra esperanza en las cosas de este mundo. Este mundo pasa; solo Dios permanece. Amad lo que permanece y no os aferréis a lo que pasa.
San Agustín, Sermón, ca. 410.