Cruz de Borgoña

Contrarrevolución

Biblioteca de Estudio

Fe

La Ciudad de Dios (extractos)

San Agustín de Hipona · 426

Extractos de la obra magna de San Agustín sobre la relación entre la Ciudad de Dios y la ciudad terrenal.

La Ciudad de Dios (extractos)

San Agustín de Hipona, ca. 413–426


Sobre la verdadera justicia

Verdadera justicia no existe sino en aquella república cuyo fundador y gobernador es Cristo. Porque donde no hay verdadera justicia, no puede haber derecho; y donde no hay derecho, no hay pueblo; y donde no hay pueblo, no hay república.

¿Qué son los reinos sin justicia sino grandes latrocinios? Y los latrocinios, ¿qué son sino pequeños reinos? Un grupo de hombres se junta bajo el mando de un jefe, se compromete mediante un pacto de sociedad, y el botín se reparte según la ley convenida. Si esta pandilla crece con la incorporación de hombres perdidos hasta ocupar territorios, establecer cuarteles, tomar ciudades y someter pueblos, entonces abiertamente se arroga el título de reino.

Sobre el orden y la paz

La paz del cuerpo es el orden armonioso de sus partes. La paz del alma irracional es la ordenada quietud de sus apetitos. La paz del alma racional es el acuerdo ordenado entre el pensamiento y la acción. La paz entre el cuerpo y el alma es la vida bien ordenada y la salud del ser viviente. La paz del hombre mortal con Dios es la obediencia bien ordenada según la fe bajo la ley eterna. La paz de los hombres entre sí es la concordia bien ordenada.

La paz de la ciudad es la concordia bien ordenada de los ciudadanos en el mandar y en el obedecer. La paz de la Ciudad celestial es la sociedad perfectamente ordenada y perfectamente armoniosa en el gozo de Dios y en el gozo mutuo en Dios.

Sobre el gobierno temporal

Todo poder terreno es transitorio. Los imperios nacen, crecen y mueren. Solo el reino de Dios es eterno. Los que ponen su esperanza en los imperios de este mundo ponen su esperanza en lo que ha de perecer.

Sin embargo, el poder terreno no es en sí mismo malo. Es un instrumento de la Providencia. Dios permite que los imperios existan para cumplir sus designios. Roma fue grande porque Dios lo quiso; y Roma cayó porque Dios lo permitió. En ambos casos, la Providencia gobierna.


San Agustín, La Ciudad de Dios, ca. 413–426.